El protocolo de Montreal: un caso de éxito para el medio ambiente
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Cambio climático
El Protocolo de Montreal: un caso de éxito para el medio ambiente
23/12/22 | Publicado por TheCircularLab

Cuando hablamos del Protocolo de Montreal, nos referimos al acuerdo medioambiental de carácter internacional más exitoso de la historia. Este año 2022, se han cumplido 35 años de la entrada en vigor del acuerdo que logró aunar a países desarrollados y en desarrollo para frenar una de las mayores amenazas de nuestro planeta: el agotamiento de la capa de ozono. 

Una reacción unánime ante el agujero de la capa de ozono 

Nuestro planeta está protegido de los efectos nocivos del sol por una capa de gas conocida como capa de ozono, que absorbe entre el 97 y el 99 % de la radiación ultravioleta de alta frecuencia. Sin esta capa la vida en la tierra se vería seriamente perjudicada. Sólo en la especie humana se ha demostrado una relación directa entre el deterioro de la capa de ozono y enfermedades como cáncer de piel, cataratas, debilitamiento del sistema inmunitario… Por supuesto, especies animales y plantas sufren igualmente los efectos negativos de las radiaciones ultravioletas que incluso tienen la capacidad de dañar el ADN de los seres vivos. 

La amenaza para la capa de ozono surge a principios del S XX, cuando se descubren los clorofluorocarburos (CFC), que se desvelaron como los componentes perfectos: servían como aislantes térmicos y refrigerantes y se presentaban como alternativa al amoniaco o el dióxido de azufre, con el añadido de que eran más seguros (al no ser inflamables), baratos, químicamente estables y muy versátiles. 

El problema tardó bastantes años en dar la cara, ya que fue en los años 80 cuando se descubrió que aquellos gases, totalmente integrados en multitud de productos cotidianos (se recurría a ellos en sistemas de refrigeración, para la fabricación de espumas y plásticos, de disolventes y limpiadores, de componentes electrónicos, en aerosoles usados para envasar productos de higiene, pintura, nata…), tenían un efecto fatal en la atmósfera, donde se convertían en gases de efecto invernadero que poco a poco iban destruyendo la capa de ozono. La Antártida fue el lugar donde se identificó el agujero, (que era en realidad una pérdida de grosor), de la capa de ozono y que hizo saltar las alarmas en 1985. 

Por primera vez en la historia, la evidencia científica sirvió para poner en marcha a la comunidad internacional en busca de una fórmula que permitiera establecer medidas conjuntas para proteger la capa de ozono. El punto de partida fue el Convenio de Viena para la protección de la capa de ozono, que fue aprobado y firmado por 28 países, el 22 de marzo de 1985, a este acuerdo le seguiría el Protocolo de Montreal. 

Un referente en cooperación internacional 

El Protocolo de Montrealnació en 1989 con la intervención de países desarrollados y en desarrollo, con el objetivo de trazar una hoja de ruta para la eliminación tanto en producción como en elementos de consumo, de las sustancias responsables de la destrucción de la capa de ozono. Los 197 países miembros del Protocolo deben, no solo cumplir con los calendarios de congelación y eliminación de la producción y consumo de sustancias peligrosas para la capa de ozono, sino prohibir el comercio con los países que no son miembros.  

Para ello, se ha ido estableciendo un calendario en el que se determina la fecha de eliminación para cada categoría de sustancias para poder ir eliminándolas gradualmente. La atención se centró inicialmente en cinco CFC y tres halones, los más perjudiciales para la capa de ozono, pero, posteriormente, se fueron haciendo enmiendas que permitieron que el Protocolo se actualizará a medida que se identificaban sustancias nuevas que también resultaban dañinas para la capa de ozono. En total, el Protocolo ha sido ajustado en seis ocasiones y modificado en cuatro alcanzando un total de 95 sustancias reguladas.  

La última de las medidas es la Enmienda Kigali, establecida en 2017, se centra en losgases hidrofluorocarbonos (HFC), que surgieron para sustituir a los CFC. Con entrada en vigor enero de 2019, fijaba el objetivo de reducir dichos gases al 80% entre los años 2020 y 2050, para lograr evitar un daño equivalente a 70 millones de toneladas de CO2 en la atmósfera.   

La aplicación del Protocolo de Montreal ha progresado bien tanto en los países desarrollados como en los países en desarrollo. Todos los calendarios de eliminación se han respetado en la mayoría de los casos, algunos incluso antes de lo previsto, y cabe esperar que ocurra lo mismo con los objetivos planteados por la Enmienda Kigali.  

Los resultados de estos esfuerzos demuestran el éxito de este Protocolo que alcanzó en 2009 la ratificación universal. Mientras la capa de ozono se recupera poco a poco, se ha reducido la radiación ultravioleta que llega a la Tierra, protegiendo nuestra salud y los ecosistemas, al mismo tiempo que se contribuye a frenar el cambio climático (en el que también intervienen las sustancias recogidas en el Protocolo de Montreal). Sin él, los niveles de gases que destruyen la capa de ozono se habrían multiplicado hasta diez veces para el año 2050. 

Hablamos de un Protocolo vivo y resiliente con un alto grado de aceptación e implementación que lo convierten en un referente de cooperación internacional capaz de aunar ciencia y política. Pero ante todo, nos permite entender que la cooperación en la lucha medioambiental es tan necesaria como posible. 

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